
Aprender no es un círculo. Es una espiral.
Escribo desde una certeza que también guía a Zera: la identidad aymara no es una lista de pruebas que alguien más pueda administrar. Es un tejido vivo de cuerpo, tierra, lengua, prácticas, memoria, comunidad y elección. Ningún hilo es requisito. Juntos nos permiten construir desde nuestro propio suelo.
La idea de ser menos india me ha llegado siempre en matices. Tener la piel un tono más claro que la de mis primas: menos india. Hablar inglés: no tan aymara. No haber vuelto a la fiesta del pueblo el 16 de julio: menos. Mi última cita, un hombre marroquí: menos aymara. No hablo la lengua: menos todavía. Y debajo de todos los matices, la acusación de que vivir en Nueva York borra algo. Siempre hay alguien dispuesto a pararse en una puerta con una lista en la mano.
Crecí dentro de la vida aymara, contradicciones incluidas. Ch'allar, hacer mesas, ir a prestes, pasanaku, joyas de oro, coca que se masca con la espalda al sol por las tardes hasta que tus dientes se verdean. Las prácticas no son un disfraz que me pongo: son mi infancia. Y desde ese lugar, me niego a que la identidad sea un inventario, porque sé lo que las prácticas protegen y sé lo que no. Se interrumpen. La migración las interrumpe. La pobreza las interrumpe. La historia las interrumpe. Si la pertenencia depende de una lista, cualquiera puede amenazarla, negártela. La diáspora conoce esa lista, la migrante se la sabe de memoria. Yo no la recibo.
La otra parte de la historia viene en números, data. En el censo de 2001, el 62 por ciento de los bolivianos mayores de quince años se declaró indígena. En 2012, el 41. En 2024, el 38,7. ¿Desaparecimos? No. La gente no dejó de ser; dejó de decir, de decirse. Y nadie huye de lo que es: huye de su precio. Todas hemos visto cómo se cobra ese precio en la fila del banco, en la entrevista de trabajo, en el patio del colegio, en el tono con que le hablan a una madre de pollera y en el otro tono que estrenan cuando llega el hijo con corbata. Ese descenso no mide identidad, mide miedo.
Antes de abrir la casa quiero explicar las palabras con las que la nombro, porque no las uso al azar. Digo aymara porque es el nombre de una nación: un pueblo con lengua, memoria y territorio, anterior a las repúblicas que intentaron administrarlo, dominarlo, domarlo. Digo indígena cuando hablo el idioma de los Estados y del derecho, porque sirve para negociar. Y digo india sabiendo que esa palabra no la elegimos: nos la lanzaron. La recojo a propósito. Fausto Reinaga nos ofreció su entendimiento cuando escribió que como indios fuimos sometidos y como indios habríamos de liberarnos. La herida que se abrió con un nombre no se cierra con un eufemismo.

Construimos desde nuestro propio suelo.Propongo mirar la identidad como mira una tejedora su obra. Ser aymara, ser india, es un textil de muchos colores, como un aguayo. El cuerpo es un hilo. La tierra es un hilo y viaja con la migrante. La lengua es un hilo que puede perderse en una generación y volver en la siguiente. Las prácticas, la memoria, la comunidad y la elección son hilos. Ningún hilo es requisito. Cualquiera es suficiente. Un aguayo es fuerte porque sus hilos se cruzan; un hilo solo, por puro que sea, no calienta, no guarda, no carga. Nuestra fluidez no nos diluye: nos enriquece.
Sé que esto incomoda a los custodios de la pureza, y quiero hablarles sin caricatura, porque su vigilia tiene razones. Pero la prueba que administran tiene una historia. Me cuesta pensar en una máquina de clasificar personas más minuciosa e implacable que la colonia. Padrones, castas, certificados, limpieza de sangre: clasificar era gobernar. Cuando hoy le exigimos a una hermana haber nacido en el altiplano, hablar la lengua o pasar una prueba de autenticidad, estamos operando aquella misma máquina con nuestras manos. Cada requisito nuevo es un hilo jalado del tejido.
Y en medio de todo, un martes de lluvia, la señora más blanca y más conservadora de Bolivia no puede evitar el antojo de api. Dice wawa, ch'alla y aguayo sin pensarlo. En Alasitas compra su casita de ilusión y la hace bendecir dos veces, por el párroco y por el yatiri, por si acaso. En su mesa, el vino y el queso llegan importados mientras hace ch'allar el auto nuevo. Su castellano está tejido de aymara y de quechua; su cuerpo carga más historia de la que su apellido está dispuesto a admitir. Bolivia es india. No como consigna contra nadie, sino como descripción.
A la diáspora le digo lo que a mí nadie me dijo a tiempo: si tu madre, tu padre o tu abuela es aymara, eres aymara. Si algo te ata a la tierra, a la historia, a la lengua o a la mesa, hay un lugar puesto para ti. Pienso en el chuño, la papa que sobrevive a la helada dejándose transformar. Ya no se parece a la papa, y es papa. Dura años, cruza distancias, es alimento. Lo que la interrupción transformó no dejó de ser lo que es. Somos más fuertes siendo más.
Decir que todos pertenecemos no es decir que todos pagamos lo mismo. El poder pone precios distintos a los hilos según el espacio. Ser expansivos no es ser ingenuos: sabemos qué le cuesta a quién, y lo decimos. Lo que no aceptamos es que el precio del racismo se convierta en la medida del valor de nadie, ni en un ranking interno de quién es más india o indio.
Con esta mirada no podría describir mi trabajo como decolonial. Estudio a fondo la estructura colonial porque lo que no entiendes te gobierna. Pero definirse contra el opresor es seguir orbitando a su alrededor. Me niego a que nuestro ser y nuestro valor se organicen alrededor de lo que otro hizo. No somos la antítesis de nadie. En Warisata, Avelino Siñani y Elizardo Pérez construyeron una escuela del ayllu, en tierra aymara, con lógica aymara, sin pedir permiso. Construimos donde estamos y hacemos que el centro viaje hacia nosotros.
Construir también es mirar la herencia con los ojos abiertos. Heredamos el ideal del chachawarmi y la distancia entre ese ideal y la vida concreta de nuestras madres: quién habla en la asamblea y quién cocina para la asamblea. No voy a romantizar lo propio para no incomodar a los propios. Un pueblo que se sabe creador no carga intacto lo que lastima a la mitad de su gente. Hacer verdad esa paridad es parte de la obra, no una nota al pie.
Esto es Zera Bolivia. Zera quiere decir semilla. Servimos a las niñas y los niños de Bolivia, empezando por quienes pagan hoy el precio más alto, enseñando pensamiento crítico e inteligencia emocional, nombrando el racismo y el machismo sin organizarnos alrededor de ellos. Trabajamos para que las wawas hereden la casa abierta y no la lista: una identidad tan segura de sí misma que puede darse el lujo de ser generosa.
No sobrevivencia. No solamente autodeterminación. Autorrealización: la práctica de un pueblo que se sabe creador. Nuestra tarea es construir una indianidad tan amplia, tan digna y tan fértil que volver sea lo natural, como vuelve el agua al agua. Bolivia es india. Cuando lo digamos sin miedo, empieza otra época. No como venganza: como germinación.


