Un ensayo de nuestra fundadora

Bolivia es india

Aprender no es un círculo. Es una espiral.

Escribo desde una certeza que guía a Zera: Bolivia es india y nuestra identidad no es una lista, sino un tejido vivo de cuerpo, tierra, lengua, prácticas, memoria, comunidad y elección. El racismo cobra un precio por nombrarla, mientras la pureza la achica. Nuestra tarea es construir una casa abierta para que las wawas hereden pensamiento crítico, inteligencia emocional y la libertad de saberse creadoras.

I. La lista y el tejido

La idea de ser menos india me ha llegado siempre en matices. Tener la piel un tono más clara que la de mis primas: menos india. Hablar inglés: no tan aymara. No haber vuelto a la fiesta del pueblo el 16 de julio: menos. Mi última cita, un hombre marroquí: menos aymara. No hablo la lengua: menos todavía. Y debajo de todos los matices, la acusación, que vivir en Nueva York borra algo. Siempre hay alguien dispuesto a pararse en una puerta con una lista en la mano.

Crecí en la vida aymara, contradicciones incluidas. Ch'allar, hacer mesas, ir a prestes, pasanaku, joyas de oro, coca que se masca con la espalda al sol por las tardes hasta que tus dientes se verdean. Las prácticas no son un disfraz que me pongo: son mi infancia. Y desde ese lugar, me niego a que la identidad sea un inventario, porque sé lo que las prácticas protegen y sé lo que no. Se interrumpen. La migración las interrumpe: nadie hace humear una mesa en un departamento alquilado donde el contrato lo prohíbe. La pobreza las interrumpe: las joyas de oro guardan en su memoria el camino a la casa de empeño, y no siempre el de retorno. La historia las interrumpe: hay familias enteras donde la lengua se detuvo en seco en una generación, porque en la escuela la golpearon hasta hacerla callar. Si la pertenencia depende de una lista, cualquiera puede amenazarla, negártela. La diáspora conoce esa lista, la migrante se la sabe de memoria. Yo no la recibo.

La otra parte de la historia viene en números, data. En el censo de 2001, el 62 por ciento de los bolivianos mayores de quince años se declaró indígena.¹ En 2012, el 41.² En 2024, el 38,7.³ ¿Desaparecimos? No. La gente no dejó de ser; dejó de decir, de decirse. Y nadie huye de lo que es: huye de su precio. El único motivo por el que alguien no quiere ser indio en Bolivia es que sabe exactamente cuánto cuesta serlo, porque todas hemos visto cómo se cobra ese precio: en la fila del banco, en la entrevista de trabajo, en el patio del colegio, en el tono con que le hablan a una madre de pollera y en el otro tono que estrenan cuando llega el hijo con corbata. Ese descenso no mide identidad, mide miedo. Y el miedo no se cura con listas más estrictas ni con nuevos requisitos. Se cura como han curado siempre las mujeres lo que duele: abriendo la casa, poniendo la mesa, recurriendo a los ungüentos.

Antes de abrir la casa quiero explicar las palabras con las que la nombro, porque no las uso al azar. Digo aymara porque es el nombre de una nación: un pueblo con lengua, memoria y territorio, anterior a todas las repúblicas que intentaron administrarlo, dominarlo, domarlo. Digo indígena cuando hablo el idioma de los Estados y del derecho: es la categoría del Convenio 169, de las Naciones Unidas, de nuestra propia Constitución, y sirve para negociar, de modo que la conservo.⁴ Y digo india sabiendo que esa palabra no la elegimos: nos la lanzaron. Y la recojo a propósito. Fausto Reinaga nos ha ofrecido (así, como ofrenda) su entendimiento hace medio siglo, cuando escribió que como indios fuimos sometidos y como indios habríamos de liberarnos: la herida que se abrió con un nombre no se cierra con un eufemismo.⁵ Cuando digo india no estoy decorando un texto. Estoy levantando del suelo la palabra con la que nos han golpeado y devolviéndola hecha construcción, casa, hogar.

Trabajo creativo producido en una clase de Zera
Construimos desde nuestro propio suelo.

Propongo entonces mirar la identidad como mira una tejedora su obra. Ser aymara, ser india, es un textil, lana de muchos colores, como en un aguayo. El cuerpo es un hilo: carga sangre, rostro y un conocimiento que transfiguramos en sabiduría si así lo queremos, y que ninguna aduana puede confiscar. La tierra es un hilo, y viaja con la migrante: El Alto es tierra aymara hecha a pura migración, y es hoy tierra que engendra sus propias migraciones. La lengua es un hilo: se pierde en una generación y vuelve en la siguiente, como la nieta que hoy estudia el aymara que a su padre le prohibieron a golpes o por el cúmulo de miradas de desprecio, de distancia. Las prácticas son hilos: la ch'alla, el apthapi, la q'uwa dan testimonio de pertenencia, pero no dan permiso de pertenecer. La memoria es un hilo: la que hace que digamos "nos hicieron" y no "les hicieron". La comunidad es un hilo: el ayni, el presentarse cuando toca, al techado, al luto, a la fiesta. Y la elección es un hilo: el nieto que vuelve, la que aprende, el que sirve y se queda. Ningún hilo es requisito. Cualquiera es suficiente. Un aguayo es fuerte porque sus hilos se cruzan; un hilo solo, por puro que sea, no calienta, no guarda, no carga. Nuestra fluidez no nos diluye: nos enriquece.

Decir que todos pertenecemos no es decir que todos pagamos lo mismo. El poder les pone precio distinto a los hilos según el espacio: el rostro cuesta más en el control policial, la pollera en la universidad, la lengua vale más en el preste de pueblo que en el juzgado. Ser expansivos no es ser ingenuos: sabemos qué le cuesta a quién, y lo decimos. Lo que no aceptamos es que el precio del racismo se convierta en la medida del valor de nadie, ni en un ranking interno de quién es más indio, india.

Sé que esto incomoda a los custodios de la pureza, y quiero hablarles sin caricatura, porque su vigilia tiene razones: han visto el folclor vaciar lo sagrado y el mercado disfrazarse con y de nosotros. Pero la prueba que administran tiene una historia, y conviene contarla completa. Me cuesta pensar en una máquina de clasificar personas más minuciosa e implacable que la colonia. Padrones, castas, certificados, limpieza de sangre: clasificar era gobernar. A cada cuerpo una categoría, a cada categoría un precio. Cuando hoy le exigimos a una hermana haber nacido en el altiplano, hablar la lengua, pasar la prueba de autenticidad, no estamos protegiendo: estamos operando aquella misma máquina solo que esta vez con nuestras manos. Las preguntas del examen son las de siempre. ¿Dónde has nacido? ¿Qué hablas? ¿Qué pruebas tienes? Se invierte el actor, se cambia la dirección; pero la operación de clasificar y expulsar sigue siendo la operación colonial. Y el resultado también es el de siempre: el pueblo se achica. Cada requisito nuevo es un hilo jalado del tejido. El censo, década tras década, cuenta los hilos jalados.

Y en medio de todo, un martes de lluvia en este país atravesado, la señora más blanca y más conservadora de Bolivia no puede evitar el antojo de api. Dice wawa sin pensarlo, dice ch'alla, dice aguayo; más de una vez le ha dicho imilla a la muchacha que le ayuda en casa, y en esa sola palabra caben el aymara que habla sin saberlo y el desprecio que aprendió sin darse cuenta. Hace ch'allar el auto nuevo, aunque en su mesa el vino y el queso lleguen importados. En Alasitas compra su casita de ilusión y la hace bendecir dos veces, por el párroco y por el yatiri, por si acaso. Su castellano está tejido de aymara y de quechua; su cuerpo, casi siempre, carga más historia de la que su apellido está dispuesto a admitir. No la estoy acusando de nada. La estoy invitando a mirarse.

Y si alguien piensa que esto es apenas vocabulario, un puñado de palabras prestadas, que mire el espesor. La indianidad de Bolivia no se queda en la lengua. Está en el dinero: el pasanaku que se juega en las casas de la zona Sur es la misma institución de confianza rotativa que sostiene a las comerciantes de la Uyustus y a las familias de Río Seco y del Plan 3000, y ningún banco la inventó. Está en la manera de comprar: en Bolivia nadie tiene proveedora, tiene casera, y a la casera se le pide yapa, porque aquí hasta el comercio es un vínculo que se cultiva. Está en la fiesta: las fraternidades donde hoy bailan morenada y caporales también los hijos de las familias de apellido se ordenan con pasantes, cargos y turnos, la lógica del preste con otro traje. Está en el miedo y en la esperanza: el martes de ch'alla se sahúman por igual el puesto de mercado, la oficina del banco y el despacho del ministerio. Y está en la muerte. No voy a pintar un cuadro que no existe: cada fin de octubre hay más zapallos queriendo agringarse y más disfraces, y es la globalización, que pasa por aquí como por todo el mundo. Pero hay que mirar lo que ocurre dentro de una misma casa, en El Alto o en la zona Sur: la noche del treinta y uno los chicos salen disfrazados a pedir dulces, o se arma la fiesta de Halloween, y al día siguiente, en esa misma casa, o en la de al lado, hay t'antawawas y escaleras de pan esperando a las almas. Nadie siente contradicción alguna. El disfraz es de la temporada. El pan, en cambio, ya es hijo de un encuentro: el trigo llegó con los españoles; la costumbre de dar de comer a los muertos en noviembre estaba aquí desde antes, y Guaman Poma la dejó dibujada.⁶ Ese gesto ha sobrevivido a los siglos y a los entusiasmos de cada siglo, apoderándose de lo que llega de afuera para no perder lo de adentro, y lo seguirá haciendo. Porque en la muerte es donde un pueblo no miente. Un país que sigue esperando así a sus muertos no lleva la indianidad como adorno. La lleva en la manera de confiar, de celebrar, de temer y de despedirse.

Bolivia es india. No como consigna contra nadie: como mera descripción. La indianidad no es una minoría en Bolivia: es su agua, vital e imprescindible. El día que el agua entienda que es agua, dejaremos de pelearnos por quién está más mojado.

II. El salario del desprecio

A veces nombrar despierta sombras y bestias, miedos y desesperos, violencia, lo he visto antes. Mayo de 2008, plaza mayor de Sucre; decenas de campesinos arrodillados con el torso desnudo, obligados a punta de desprecio, y ahí mismo ardieron sus ponchos y sus wiphalas, la plaza gritaba.⁷ El olor a quemado no abandona una plaza con simpleza. No esta manera de quemar. Once años después, vuelve el mismo fuego: se extirpan wiphalas de uniformes policiales, wiphalas arden en las calles.⁸ La Constitución ya había situado la bandera multicolor entre los símbolos del Estado, es decir, un hilo del tejido propio, quemado por las manos que lo habían izado. La ceniza se enfría en un momento. La chispa origen lleva quinientos años en vida latente.

¿Por qué? ¿Cómo llega alguien a quemar su propia bandera? En Bolivia están no solo aquellos que aprendieron a no mirar su hilo, su lazo: viven de no mirarlo. El rechazo del indio se hereda como se hereda una tienda de esquina, y como toda tienda, se atiende. De a poco y cada día: en el acento que se vigila, en el apellido que se pule, en el matrimonio que mejora la raza, en el no seas india con que se corrige a una hija. Y como toda tienda, deja ganancia. El oficio es el rechazo; la industria, el desprecio. El salario no se registra en nómina alguna, pero se conoce: la fila que avanza, la palabra que es recibida y respetada, la muchacha servicial, el mirar desde arriba, por sobre el hombro, con ventaja. Tocarles el rechazo es tocarles el sueldo. Por eso se responde con fuego, con urgencia inquisidora.

Pero al observar el negocio de cerca, como se detiene una frente a una obra de arte grotesca, o un contrato sospechoso antes de firmar: quien se define por no ser india necesita al indio cada mañana. Lo necesita para saber quién es, para saber dónde está, para medir cuánto vale. Le ha entregado el timón de su ser y existencia. No hay en este mundo servidumbre más completa.

Además está lo que el contrato no dice: negarse agota. Es un trabajo de todos los días y de todas las horas. Se madruga a vigilar el acento, se trasnocha puliendo el apellido, y no hay domingo ni feriado, porque el indio que uno niega vuelve en cada espejo, en cada foto familiar, en cada abuela. De ese trabajo nadie paga aguinaldo. De ese trabajo nadie se jubila solo. Por eso mi nombrar invita, no viene a acusar, no viene a perdonar, no viene a convertir: viene a jubilar. Cerrar la tienda, entrar en la casa: la mesa, el apthapi se ha tendido y espera hace tanto. El precio es uno solo: renunciar al salario de mirar desde arriba, renunciar al trabajo del desprecio. Habrá quien prefiera el quemar, el rechazar, el negarse, y es libre de hacerlo. La casa no se construye al ritmo de quien más se resiste o se ciega.

A la diáspora le digo lo que a mí nadie me dijo a tiempo: si tu madre o tu padre, o tu abuela es aymara, eres aymara. Si algo te ata a la tierra, a la historia, a la lengua, a la mesa, hay un lugar puesto para ti. Pienso en el chuño, la papa que sobrevive a la helada dejándose transformar. Ya no se parece a la papa, y es papa. Dura años, cruza distancias, es alimento. Lo que la interrupción transformó no dejó de ser lo que es. Somos más fuertes siendo más.

Con esta mirada no podría describir mi trabajo como decolonial, y quiero explicar por qué, porque no es un capricho de vocabulario. Estudio a fondo la estructura colonial pues lo que no entiendes te gobierna. Pero definirse contra el opresor es seguir orbitando alrededor del opresor: sus intenciones en espejo, la identidad como respuesta, el futuro como reacción. Me niego a que nuestro ser y nuestro valor se organicen alrededor de lo que otro hizo. No somos la antítesis de nadie. Hay una liberación tan libre que no necesita reclamarse liberación: simplemente construye. Y nosotros ya la practicamos una vez. En 1931, en Warisata, Avelino Siñani y Elizardo Pérez no fundaron una pedagogía de protesta: fundaron una escuela del ayllu, en tierra aymara, con lógica aymara, gobernada por su propio parlamento de amautas. Fue el Estado el que tuvo que viajar hacia ella.⁹ Construimos donde estamos y hacemos que el centro viaje hacia nosotros.

Y porque construir es mirar la herencia con los ojos abiertos, digo también esto: casi todo lo que heredamos pasó primero por manos de hombres, incluidas nuestras comunidades. Heredamos el ideal del chachawarmi, la autoridad de mujer y hombre caminando a la par, y heredamos la distancia entre ese ideal y la vida concreta de nuestras madres: quién habla en la asamblea y quién cocina para la asamblea. No voy a romantizar lo propio para no incomodar a los propios. Un pueblo que se sabe creador no carga intacto lo que lastima a la mitad de su gente. Hacer verdad esa paridad es parte de la obra, no una nota al pie.

Esto es Zera Bolivia. Zera quiere decir semilla. Servimos a las niñas y los niños de Bolivia, empezando por quienes pagan hoy el precio más alto, enseñando pensamiento crítico e inteligencia emocional, nombrando el racismo y el machismo sin organizarnos alrededor de ellos. Trabajamos para que las wawas hereden la casa abierta y no la lista: una identidad tan segura de sí misma que puede darse el lujo de ser generosa.

No sobrevivencia. No solamente autodeterminación. Autorrealización: la práctica de un pueblo que se sabe creador. En una generación, la Bolivia que se declara indígena pasó de ser seis de cada diez a menos de cuatro, porque declararlo cuesta. Nuestra tarea no es obligar a nadie a volver. Es construir una indianidad tan amplia, tan digna y tan fértil que volver sea lo natural, como vuelve el agua al agua. Bolivia es india. Cuando lo digamos sin miedo, empieza otra época. No como venganza: como germinación.

Sharoll Fernandez Siñani es artista visual, poeta y pensadora aymara. Es fundadora de Zera Bolivia.

Sharoll Fernandez SiñaniFundadora

Fuentes y notas

  1. Instituto Nacional de Estadística (INE), Censo Nacional de Población y Vivienda 2001: 62 por ciento de la población de 15 años o más (3.142.637 de 5.064.992 personas) se autoidentificó con algún pueblo indígena u originario.
  2. INE, Censo Nacional de Población y Vivienda 2012: 41 por ciento de la población de 15 años o más (2.806.592 de 6.838.606 personas) declaró pertenencia a alguna nación o pueblo indígena originario campesino.
  3. INE, Censo de Población y Vivienda 2024, resultados publicados en agosto de 2025: 38,7 por ciento de la población (4.302.484 personas) se autoidentificó con alguna nación o pueblo indígena originario campesino o afroboliviano. A diferencia de 2001 y 2012, cuyas cifras corresponden a la población de 15 años o más, el dato de 2024 se difundió sobre el conjunto de la población censada. Las tres cifras son las oficiales del INE y son las que el propio debate público boliviano compara. Cobertura de prensa: El Deber, 28 de agosto de 2025; EFE/Infobae, 29 de agosto de 2025.
  4. Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo sobre Pueblos Indígenas y Tribales (1989), ratificado por Bolivia mediante Ley 1257 de 11 de julio de 1991; Constitución Política del Estado (2009), artículos 2, 3 y 30, que consagran la categoría "naciones y pueblos indígena originario campesinos".
  5. Fausto Reinaga, La Revolución India (La Paz, 1970). La formulación en el texto es paráfrasis de su tesis central: la liberación del indio ha de hacerse como indio, no bajo otro nombre.
  6. Felipe Guaman Poma de Ayala, El primer nueva corónica y buen gobierno (c. 1615), capítulo de los meses del año: noviembre, "aya marcay quilla", mes de llevar difuntos, con su dibujo correspondiente.
  7. El 24 de mayo de 2008, en la plaza 25 de Mayo de Sucre, decenas de campesinos fueron obligados a arrodillarse con el torso desnudo mientras se quemaban sus ponchos y wiphalas; el hecho fue documentado por la Defensoría del Pueblo y por la prensa nacional e internacional. En memoria de esa fecha, la Ley 139 (2011) declaró el 24 de mayo Día Nacional contra el Racismo y toda forma de Discriminación.
  8. Durante la crisis política de noviembre de 2019 se registraron quemas de wiphalas y cortes del emblema en uniformes policiales, ampliamente documentados por la prensa. La wiphala es símbolo del Estado según el artículo 6 de la Constitución Política del Estado (2009).
  9. La escuela-ayllu de Warisata fue fundada el 2 de agosto de 1931 por Avelino Siñani y Elizardo Pérez, y se gobernó mediante su Parlamento de Amautas. El Estado, que la reconoció y más tarde la intervino y desmanteló (1940 y 1941), terminó adoptando su fecha y sus nombres: el 2 de agosto fue declarado Día del Indio durante el gobierno de Germán Busch, y la ley de educación vigente (Ley 070, de 2010) se llama Avelino Siñani y Elizardo Pérez. Véase Elizardo Pérez, Warisata. La escuela-ayllu (La Paz, 1962).

Nota terminológica: en el texto, aymara nombra a la nación; indígena se emplea como categoría jurídica e internacional; india se usa como reapropiación deliberada del término colonial, en la línea abierta por Reinaga.

Una estudiante de Zera escribiendo durante la claseEstudiantes creando materiales de aprendizaje en grupo