Nuestra historia

Desde entonces respondemos a esa carta.

1998

La pregunta

Por eso, cuando tenía doce años y una profesora preguntó a la clase cómo podíamos cambiar el mundo, mi respuesta fue inmediata: con educación, por supuesto.

Años después, mientras vivía en Nueva York, colaboré con programas educativos por toda la ciudad, estudié cuanto pude sobre cómo aprenden las niñas y los niños, y dirigí Bolivian Express, la revista que cofundé. Cuando ese capítulo terminó, supe lo que quería: no sumarme a algo, sino crear algo. En Bolivia. Para Bolivia.

Obrajes, 2015

La primera puerta

Zera nació en 2013, en una pequeña oficina de La Paz. En marzo de 2015 dimos nuestro primer curso dentro del penal de mujeres de Obrajes, con trece niñas y niños que vivían allí junto a sus madres. Durante meses, mis amigas y amigos voluntarios y yo cargábamos todo: el proyector, los materiales, la comida, los juegos, los insumos de arte. Queríamos construir un oasis dentro de esos muros. Lo que no esperábamos era cuánto nos enseñarían.

Una tarde hicimos collages. Cada niño eligió imágenes de aquello que anhelaba, lo tangible y lo intangible. Las páginas de lo tangible se llenaron de aviones, autos, útiles escolares, flores y juguetes. Para lo intangible, escribieron palabras: felicidad, alegría, aventura. Y página tras página, una palabra volvía: seguridad. Las niñas y los niños no deberían tener que anhelar seguridad. Ellos lo hacían.

Entonces un niño de diez años me mostró su collage. Un avión. Un futbolista. Y en el espacio de lo intangible, una palabra: lágrimas. Pensé que no había entendido el ejercicio y le pregunté por qué. Sabía exactamente lo que hacía. "Porque las lágrimas son parte de la vida", me dijo.

Tenía diez años, y tenía razón. Así piensan las niñas y los niños cuando alguien los toma en serio. Toda nuestra pedagogía vive dentro de su respuesta: una educación que no niega lo difícil y tampoco se rinde ante ello.

Cuando terminó el curso, las madres nos escribieron una carta pidiéndonos que volviéramos para enseñar la siguiente etapa. Esa carta es nuestro verdadero documento fundacional. No un diagnóstico de necesidades. No una evaluación de daño. Madres, en las circunstancias más difíciles, exigiendo más aprendizaje para sus hijos. Desde entonces respondemos a esa carta.

Esa carta es nuestro verdadero documento fundacional. No un diagnóstico de necesidades. No una evaluación de daño.Las madres de Obrajes
Una estudiante de Zera escribiendo

2016 a 2020

El Estado dice sí

Facilitadores municipales de La Paz llevaron el programa más lejos. El Ministerio de Educación agradeció el trabajo. En su punto más alto, Zera llegó a dieciséis centros penitenciarios donde vivían niñas y niños con sus madres y a toda la red nacional de hospitales infantiles. Los cuadernos plastificados podían limpiarse y volver a usarse junto a una cama de hospital. Para entonces, 12.700 niñas y niños habían sido alcanzados en los nueve departamentos.

Materiales educativos de Zera

El giro

Cuando cambiaron los gobiernos, esos programas se detuvieron. Dejamos los materiales para que cualquiera pudiera continuar. En Bolivia las instituciones no sostienen. Las personas sí. Por eso rediseñamos: hoy Zera forma a autoridades rurales, jóvenes líderes de El Alto, maestras y maestros y centros culturales, que vuelven a sus pueblos y se convierten en facilitadores. El programa vive en las personas, no en los permisos.

Hoy

El rediseño

La formación viaja con autoridades rurales, jóvenes líderes de El Alto, maestras y maestros y centros culturales. Zera cubre transporte, materiales, comida y celebración para que aprender sea posible. TikTok, Instagram y WhatsApp convierten la educación pública en otra aula y permiten que las herramientas sigan circulando.

Estudiantes aprendiendo juntos

Warisata

El suelo

En 1931, en un ayllu llamado Warisata, en el altiplano boliviano, un educador aymara llamado Avelino Siñani construyó junto a Elizardo Pérez una escuela que se suponía imposible. La comunidad la gobernaba. Mayores, madres y padres formaban parte de su consejo. Las niñas y los niños aprendían construyendo, sembrando y decidiendo. Era la educación como autorrealización, y fue tan poderosa que la clase terrateniente la desmanteló en menos de una década. Hoy, la ley nacional de educación de Bolivia lleva su nombre.

Llevo su apellido. No puedo afirmar que exista un vínculo de sangre, y no lo necesito. Siñani es mi ancestro mítico: la prueba, escrita en mi propio nombre, de que el pueblo aymara siempre ha construido educación de nivel mundial en sus propios términos.

Mi primer privilegio no fue el dinero. Fue una casa llena de docentes. Mi tío y mi tía enseñaban en primaria y secundaria, y crecí dentro de sus historias de aula, rodeada de sus libros. De ellos absorbí la convicción que ha organizado mi vida: aprender es posible. Puedes aprender cualquier cosa.

Zera es la palabra hebrea para semilla. Pero zera significa más que la semilla: también es el fruto, el inicio y el resultado, el ciclo vivo completo. Eso es la educación. En los Andes decimos qhip nayra: caminamos hacia adelante con el pasado ante nuestros ojos. Aprender no es un círculo que se repite. Es una espiral. Cada vuelta, el mismo suelo, un nivel más alto.

Esa espiral ha llegado a más de 12.700 niñas y niños en los nueve departamentos de Bolivia. En el punto más alto del programa, alcanzó la red nacional de hospitales infantiles y dieciséis centros penitenciarios. Los ancestros construyeron Warisata. Los honramos llegando más lejos.

Sembradores

Lo que viene

Cien Sembradores pueden sostener cien trayectorias y a las personas que llevarán el programa a las próximas comunidades. Una niña o un niño, una facilitadora o un facilitador, una semilla que vuelve a sembrarse.

Conviértete en Sembrador o Sembradora